Alba
Erase una vez en una selva una noche virgen de luna llena. Esta noche, que al atardecer parecía vulgar, era una noche única. En el cielo las estrellas brillaban como nunca y la luna…la luna era la perla más bella de la diadema etérea.
No se oía ni un ruido, toda la selva esperaba silenciosa como si intencionara algo. La Verdad, sea lo que era, alumbraba un claro próximo. Contra un árbol un milagro pasaba discreto, increíble, esencial.
Por fin, el bellísimo animal naciera. Era una joven hembra. Cuando salió de las entrañas de su madre abrió lentamente los ojos. Una luz enorme la atacó y asustada cerró los parpados. Ah… la oscuridad; nada más protector. Algunos segundos después la curiosidad venció las manos suaves del miedo. Se apoyoo en sus temblorosas piernas y aventuró uno, dos pasos. Cayó y se hizo daño. Corto tiempo después se levantó y caminoo hasta su madre. Se dejó caer sobre su mama. Tenía frio. Se puso contra el pecho de su madre y ayudada por su fatiga olvidó el frio y se durmió.
A la mañana siguiente el calor despertó a la pequeña criatura. La hembra era de las criaturas más hermosas que el Viento alguna vez hubiera podido acariciar. Su pelo negro suave, misterioso. Sus ojos amarillos, translúcidos. Dos piedras preciosas, pruebas, como el venir del alba, de la presencia de un alma pura.
La criatura se levantó y aspiró una pulmonada de aire. “Que día fenomenal” -pensó del interior de una sonrisa. En seguida comenzó a correr, a saltar por el claro gritando locamente palabras de niñez.
-¡Mama! ¡Mama! ¡Vaya; despierta! Hace un día genial. Hace sol.
Mama no contestaba. La hembra sorprendida por el silencio se acercó y dijo más alto.
-¡Mama! ¡Ya son horas de dormir! ¡Ven! Hace sol… ¡Levántate!
Mama no se movió. La hembra gritó más y más y nada paso. Luego perdió paciencia, mordió a su madre con dientes prematuros de inocencia. Mama estaba fría. La joven se alejó. Paso a paso hasta la orla del claro. El paso pesando cada vez más. Insostenible. Llorar en silencio. Una tristeza que no se tiene que aprender. No sabía porque lloraba. Inentendible. El dolor. Hondo. Más allá del sangre. Lacrimosa.
La noche llegaría…cediéndole maternidad. Paró de llorar. Sus ojos secos y el quemar del hambre. Se acercó a un árbol lleno de manzanas y sació las llamas acidas en su vientre con los frutos que llamaban con colores de invitación en el suelo. Colores. Eran deliciosos.
Se fue el tiempo en su legatto inconsciente. Rutinas. Día pos día la hembra despertaba y corría. El gesto de vida, corriendo, el descubrir veloz. El agua corriendo, llenando, llenando. Es vida. O al menos hasta llenar. Pero estos pensamientos no pertenecen a seres de alma pura. Si hubiera hambre el correr llegaría a buscar verduras o frutos y comía. Por la tarde miraba las nubes, los arboles, las extrañas familiares formas del paisaje. Por la noche miraba la Luna y el silbido desigual del Viento. Todo esto le tracia la Selva. Virgen.
Los días cambiaron, los arboles perdieron hojas, cambiaron colores y la noche deslizaba más temprano. Staccato. En el rolar de la Naturaleza llegó remedio al residuo de amargura de la pequeña hembra. Fueron años sucediéndose hasta el día del encuentro. Era un gatito de pelo negro, lustroso, de ojos tristes en amarillos enigmáticos. Al verlo, la hembra sintió un cariño fuerte entornar el huérfano felino.
Lo miró. Al decir mejor lo ad miró pacientemente con gusto en mirarlo… En algún lugar en su ser la decisión se hiciera: lo trataría como si hijo. Fue este el primer día de su tiempo más feliz. La hembra aprendía a educar y descubría la maravilla de la Compañía. El gato era el primer ser vivo que hubiera visto y su hijo. Aquel pequeñín tímido y bello en tal postura era se hiciera razón de vivir. Y no podría él jamás imaginarlo o sospecharlo…pero era cierto como el sol nacer. Nada había de mejor en existir que mirar la mirada de su niño y espantarse al reconocer su propia cara reflejada, englobada por los ojos tímidos y amarillos. De amarillos enigmáticos de donde se habían ido muchas de las Tristezas.
Los días pasaron y los animales se amaban cada vez más. El gatito había crecido, ya se alimentaba solo. Lleno de vida. Lo iba probando todas las mañanas despertaba antes de su madree vieja conocida de la Madrugada y miraba el sol venir, trepar al cielo lento sin tropiezos. Pudiera él como el sol subir por los aires así, con esta gloria estática e intocable. Para él las subidas se limitaban al árbol más alto de la selva, y el camino era una acrobacia complicada. Pero su alma con tones de Ícaro no le escondía la fantástica belleza del mar de verde que se vía desde el Gran Árbol.
Pero vino un invierno más severo. Había nieve y los arboles se habían desnudado de sus ropajes verdes. La nieve más que el frio, más que la magrez arbórea, la nieve fascinaba los ojos amarillos reconociendo enigmas. Alba. Una lisura alba. Parecía segura, suave, benévola. Del Gran Árbol veía un mar diferente. Marrón, Gris y las líneas blancas, solemnes. Bella. Bella. Pero mentía…el gato sonador descubriera al caer de su subida que la nieve era de promesa falsa. Alba.
El sol de las alas invisibles y mágicas ya no quería quedarse en su cielo de vigilia…”Seguro tendría frio porque cada día se quedaba menos tiempo en el cielo mirando la selva”-pensaba el gato. La vegetación adelgazaba como el tiempo de luz, adelgazaba. El gato también minguaba como si fuera un extraño efecto de su relación secreta con la Luna. Delgado dejó de tener su paso firme y en la misma gradualidad lunar se debilitó hasta no tener fuerzas que lo levantaran y alimentaran su sentido de aventura. Su madre construyó una cueva para protegerlos del implacable invierno. Cogió su hijo por el cuello y le puso como tesoro al abrigo del mundo en el hondo de una cueva secreta. Todos los días le traía las verduras que conseguía encontrar. El invierno apretaba y quemaba el vientre pero la hembra de pelo suave abdicaba cada vez más de comer para intentar invertir la fatal gradualidad del hambre en el cuerpo de su hijo. El gato seguía muy flaco y su momento cotidiano de mayor vida era el en que su mama volvía del exterior de nieve.
Un día mientras la madre estaba buscando a alimento hubo una gran nevada y ella se quedo encarcelada por la nieve durante un largo tiempo. El sol bajó. El frio no le dejaba sentir sus pies. Temblaba y luchaba contra su carcelero de hielo. Cuando por fin la pared de hielo se estalló sobre su insistencia corrió con las fuerzas que solo la maternidad conoce para llegar a la cueva donde su pequeñín la esperaba. Entró nerviosamente y abrazo a su niñito llorando, gimiendo, pidiendo a los cielos que no fuera tarde. Entre el sangre de sus heridas, entre las lágrimas a juntarse a todo el hielo lamía el gato. Frio. El inocente estaba frio. Mudo y frio.
La hembra herida salió de la cueva. La mezcla insostenible y mágica de la sangre y las lágrimas. Descreer. Corrió. Y por la primera vez abandonó su parte de la selva. Corrió. Huir al Dolor, de sus memorias. De nuevo el camino de la soledad. Pero se viviera antes…de la agonía no veía salida. Su cuerpo falló la luna ya estaba del alto del cielo oscuro pálida de pena o de muerte mirando. El Dolor fuera más veloz que el viento. Su soplo se convirtiera en rabia, en revuelta. Fuera de sangre, fuera la confusión dolorida, en su mirada crecía una niebla roja. Con las fuerzas del dolor se levantó. Entre la mirada trémula y la niebla roja la vio. La llanura blanca moviéndose. La asesina llanura blanca. Corrió y con las fuerzas secretas la atacó.
Despertó. Sentía algo lejano su cuerpo caliente. Se levantó, medio dormida, y miró al horizonte.
Nada. Los árboles hubieran huido. Alarmada la madre rodeo el paisaje con su mirada. Sangre. Sangre en todo. En un horror incontrolable constató su boca sucia. Y se acordó de todo lo que hiciera. La Muerte. Otra vez. El cordero…
Estaba tranquilo. Ojos abiertos admirando las nubes. Su lana en blanco y rojo se agitaba al viento.
Paz. Pasividad. La creatura negra miraba al tranquilo. Veía su vida de niñita. Soledad.
La sangre en su boca se secara y más allá de su boca, más allá de su cuerpo, algo sin lugar se ensuciara. Alba. Intacto y vacío.
Dos disparos sonaron. La hembra miró su pecho negro y vio el rojo expandiéndose, conquistando su pelo. La Muerte. Sonrió. Y en un sonido sin palabras segregó “Gracias”. El hombre le contestó un disparo más. El Dolor volviera al cuerpo y crecía como si escurriera en la sangre. Dolía menos, dejara el alma vestirse de otro color. De nuevo. Jamás otra vez. Libertad.
Se despidió del cielo y de las memorias con lo que sería cariño y, revirtiendo el gesto con lo que viniera al mundo, la loba cerró sus ojos y volvió a la Oscuridad. Alba.
29/10/2009

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